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Mensaje del Obispo de la Diócesis de Tacuarembó

Domingo 10 de julio de 2016 - Este domingo, en las Iglesias de todo el mundo, se está proclamando ese evangelio tan conocido que solo el evangelista que nos está acompañando Domingo a Domingo es el que aparece en todas las celebraciones que hay en todos los idiomas y latitudes: el evangelio del Buen Samaritano. En el fondo todo se juega en cómo tratamos a los demás.

 

 

Se cuenta de un campesino ruso que nunca había salido de su pequeña y aislada aldea, ni siquiera hacia las aldeas vecinas y que de repente tuvo la oportunidad de ir y conocer la gran ciudad capital, Moscú. Así fue como llegó a un gran hotel, con la ropa y los zapatos llenos de barro, luciendo totalmente fuera de lugar. De cualquier manera, el recepcionista lo recibió como a cualquier otro huésped y le asignó una habitación en el último piso.

 

Con la llave y sus pocas posesiones en mano se dirigió hacia las escaleras, preparado para su larga subida. En el primer piso había un espejo gigante. El hombre, que nunca antes se había visto en un espejo y ni siquiera sabía lo que era eso, quedó impresionado y asustado por la imponente figura delante de él. Hizo algunos movimientos para asustarlo y hacerlo irse, sólo para darse cuenta que la figura en el espejo lo amenazaba y le gritaba lo mismo.

 

Corrió hasta el próximo piso, sólo para enfrentar al gigante de nuevo, mientras le dirigía miradas de rabia y casi queriendo pegarle. En el tercer piso, se acercaron tanto que estuvieron nariz contra nariz y se insultaron mutuamente mientras la rabia crecía dentro de “los dos”.

 

Dándose cuenta que no había para dónde huir de esa bestia de persona que lo estaba molestando tanto en el hotel, el campesino volvió corriendo a la recepción y le reclamó al recepcionista. Después de haberle dado una completa descripción del hombre que lo estaba molestando, el recepcionista entendió que había identificado al supuesto enemigo, y que éste no era otro sino el “hombre del espejo”. Para que el campesino no se sintiera avergonzado y para aplacar su hostilidad, el recepcionista le ofreció un simple consejo.

 

Le dijo: “La persona con la que te encontraste está aquí para defender a los huéspedes. La verdad es que no te va a hacer ningún daño. Si le demuestras una actitud ruda, él hará lo mismo, pero si le das una sonrisa y continúas tu camino, él también te sonreirá y seguirá haciendo su trabajo. Espero que disfrutes del resto de tu estadía”. Eso fue lo que hizo el campesino, y eso fue exactamente lo que sucedió.

 

El rey Salomón nos dice en sus parábolas: “Como el reflejo de la cara en el agua, así es el corazón de un hombre hacia otro”. La Torá nos está dando un consejo similar al del recepcionista en cuanto a nuestras relaciones con las personas. Para romper el ciclo de rabia y resentimiento, se necesita a alguien que esté buscando activamente amistad y paz y que todo el tiempo muestre buena voluntad.

 

Para concluir, los sabios nos dicen que la Torá tenía dos grandes fundamentos: uno, el amor a Dios, y el otro, éste que se acaba de mencionar. Los dos son los grandes pilares del pueblo judío. Pero con un agregado: la acción. Sin la acción del amor a Dios, sin la acción del amor al prójimo, toda la Torá carece de contenido. Se convierte en una mera declamación.

 

Ojalá estemos siempre tratando a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros, para no encontrarnos solos tirados al costado del camino.

 

Que Dios los bendiga, los guarde de todo mal y hasta el domingo que viene.

 

 

 

+Julio César Bonino

 

Obispo de Tacuarembó.