Las expulsiones de inmigrantes ilegales, ya instalados en EE. UU han aumentado en 2017. De todos modos, Trump no logra expulsar tantos ilegales como Obama, que llegó a deportar a más de 400.000 en 2012,
mientras que las expulsiones en 2017 se quedaron en 226.000.
Lo que pasa es que la retórica de Trump le convierte en xenófobo, mientras que su predecesor podía deportar con guante blanco. Pero también hay que reconocer que EE.UU. concede la nacionalidad a más de 700.000
extranjeros al año, lo cual indica que no ha dejado de ser una nación abierta a los de fuera.
Los inmigrantes y sus descendientes van cambiando la composición étnica de EE.UU., pero la población blanca no hispana sigue siendo la gran mayoría (61,3%), aunque su porcentaje tiende a disminuir.
La principal minoría y la de mayor crecimiento es la de hispanos y latinos (17,8%), seguida de afroamericanos (13%) y asiáticos (6%). Aun así, los blancos siguen siendo mayoría en todos los estados, salvo en Hawái.
Pero estos datos se refieren a residentes legales. También habría que tener en cuenta a los inmigrantes irregulares, cuyo número es incierto por definición. Según una estimación del Pew Research Center, el número de
indocumentados habría bajado de 12,2 millones en 2007 a 10,7 millones en 2016, y representarían la cuarta parte de la población inmigrante.
Son gente que está trabajando, sobre todo en construcción, agricultura, servicio doméstico y turismo. Trump ha dicho que, al ser trabajos de baja cualificación, quitan empleo a los trabajadores nacionales vulnerables.
Pero, en un momento en que el país atraviesa una situación prácticamente de pleno empleo, no es evidente que compitan con los nacionales o que provoquen una baja de salarios. Más bien parece que solucionan una
escasez de mano de obra para ciertos trabajos menos deseados.
José Morales Martín
Palafrugell (Girona)





