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No existe mejor viaje que el de regreso a casa

por avisador
marzo 25, 2020
in Opinion
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No existe mejor viaje que el de regreso a casa
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Todo indicaba que iba a ser un sábado de lo más normal, hacía buen clima y la cuarentena era la perfecta
excusa para permanecer dentro de casa. Mamá, que suele ser la primera en levantarse, ya había limpiado la casa y se disponía a trabajar en la computadora.

Papá, increíblemente había aceptado hacer los mandados del hogar, por lo tanto, no estaba. Yo desayunaba y revisaba las redes, matizaba escribiéndole a algún correligionario para despuntar el vicio; y Nicolás como
siempre, dormía plácidamente.

De repente, en medio de una discusión sobre «la paranoia de las madres y el Coronavirus», le suena el celular a mamá y era Laura, una compañera de su generación, pidiéndole un número de teléfono, «solamente» el
de nuestro Canciller Ernesto Talvi, a lo que mi madre me mira y dice: «¿vos no lo tendrás?».

«Sí, claro», respondí, y tratando de atajarme de semejante responsabilidad, le pregunto: «¿Para qué lo quiere?», supuse sería para Felipe, su marido, y enseguida le pedí para hablar con él, quién me relata una situación
increíble, desesperante y por demás angustiosa.

Luego de tocar muchas puertas, requerían de mi colaboración para repatriar a la familia Santana – Palma, una pareja y sus dos hijos de 11 y 2 años que se encontraban varados en el Aeropuerto de Cancún, tras una supuesta reprogramación de vuelo. Lo primero que se me ocurrió, fue escribirle a Verónica por WhatsApp para presentarme, brindarle tranquilidad y la seguridad de que iba a dejar todo  ara que ellos, tacuaremboenses, pudieran volver a casa. Una conversación que juro, jamás olvidaré.

A la brevedad decido escribirle al Canciller para contarle la situación de estos uruguayos, y sinceramente confiaba poco en obtener alguna respuesta, dada la situación y las miles de cosas que tendría él para atender antes que un simple mensaje mío.

Para mí sorpresa, a los minutos me estaba llamando su secretaria personal para obtener datos de importancia e interiorizarse del tema, con una calidez y preocupación, dignas de un gran ser humano.

A todo esto, me pongo en contacto con Verónica nuevamente, para pedirle los información que necesitaba, transmitirle los contactos realizados y la tranquilidad de que se estaba haciendo de todo por ella y su familia.

Una llamada que demoró en llegar, de mucha angustia y desespero, tanto de un lado como del otro, pero si algo debo rescatar es la admirable fortaleza de estos padres frente a sus pequeños.

Arrancó una vorágine tremenda, de muchos nervios propios y de familia, el almuerzo se vio eclipsado por este hecho, ninguno de nosotros cuatro podía siquiera ponerse en los zapatos de una situación tan desesperante, recuerdo que mi padre continuamente decía: «no es changada che, uno no está preparado para algo así, no hay
manera».

Entre llamadas y mensajes, llegó la tarde. Verónica desde allá me relataba todo lo que sucedía, y yo desde aquí a Cancillería de la República. En determinado momento, surgió la necesidad de una voz fuerte y clara, que disipara la enorme niebla sobre las negociaciones. Fue ahí y sin la más mínima duda, que recurrí a mi líder y gran amigo,
el Presidente Julio María Sanguinetti, lo llamé y me atendió, escuchó con atención mi explicación y confiando en sus pasos, dejé que hiciera lo que creyera necesario. «Mi amigo,  usted quédese tranquilo, esos tacuaremboenses van a volver», escuché.

Hizo de lo necesario, y fue por mucho más… Vía télefonica se comunicó con el Cónsul General de Uruguay en México, Marcelo Gerona, y en pocas palabras, encaminó el tema para que todo fluyera de la mejor
manera posible. Y sí, increíblemente, todo fluyó. Un círculo de personas trabajando intensamente para repatriar a ésta familia: ellos «los Palma» desde Cancún, Verónica Panario desde Cancillería en Montevideo, ni más ni menos
que el exPresidente Julio María Sanguinetti vía telefónica, y yo desde mi escritorio en Tacuarembó. Sin contar los familiares, amigos, clientes y conocidos que supieron moverse desde su lugar, y colaborar con la justa causa.
Llegó aquel esperado mensaje y de una buena vez por todas, era cuestión de ser pacientes, el Cónsul había tomado contacto con ésta familia, y con la agencia Copa Airlines. Se suponía que saldrían 2 vuelos, con escala en
Panamá y destino final en Montevideo. Pero dada la situación sanitaria tan compleja, todo era «supuesto» y nada nos brindaba seguridad.

Cuando todo parecía tan quieto, y las horas parecían no pasar, Verónica me escribe para
contarme que le habían confirmado el vuelo con su familia para retornar a Uruguay, en horas de la mañana próxima. Recibo la noticia con inmensa alegría, Sanguinetti y Panario desde Montevideo, también. Todos
espectantes y felices, pues se había convertido en un hecho.

El domingo por la mañana, con una mezcla de grata emoción y cierto nerviosismo, «los Palma», como les digo yo, subían al avión para retornar a nuestro país, y a su Tacuarembó querido. A decir verdad, recién ahí me permití descansar realmente, porque pude decir orgullosamente: terminó y fue posible.

Alegría es lo que siento hoy, luego de haber hecho lo que me indicaron mis valores sembrados por mi familia, por mi adorada Eia que me crió. De haber podido colaborar, con los contactos recabados durante hermosos
años de militancia junto a M artha y Susana, quiénes me han brindado todas las oportunidades en política.

En épocas de tanto egoísmo entre seres humanos, los uruguayos demostramos que trabajando unidos, dejando los intereses personales a un lado y brindando todo de nosotros mismos fue posible, «Los Palma» hoy están en su hogar.

¡El mejor viaje es el de regreso a casa, no hay dudas!

Matías Guillama

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De repente, en medio de una discusión sobre «la paranoia de las madres y el Coronavirus», le suena el celular a mamá y era Laura, una compañera de su generación, pidiéndole un número de teléfono, «solamente» el de nuestro Canciller Ernesto Talvi, a lo que mi madre me mira y dice: «¿vos no lo tendrás?». «Sí, claro», respondí, y tratando de atajarme de semejante responsabilidad, le pregunto: «¿Para qué lo quiere?», supuse sería para Felipe, su marido, y enseguida le pedí para hablar con él, quién me relata una situación increíble, desesperante y por demás angustiosa. Luego de tocar muchas puertas, requerían de mi colaboración para repatriar a la familia Santana – Palma, una pareja y sus dos hijos de 11 y 2 años que se encontraban varados en el Aeropuerto de Cancún, tras una supuesta reprogramación de vuelo. Lo primero que se me ocurrió, fue escribirle a Verónica por WhatsApp para presentarme, brindarle tranquilidad y la seguridad de que iba a dejar todo  ara que ellos, tacuaremboenses, pudieran volver a casa. Una conversación que juro, jamás olvidaré. A la brevedad decido escribirle al Canciller para contarle la situación de estos uruguayos, y sinceramente confiaba poco en obtener alguna respuesta, dada la situación y las miles de cosas que tendría él para atender antes que un simple mensaje mío. Para mí sorpresa, a los minutos me estaba llamando su secretaria personal para obtener datos de importancia e interiorizarse del tema, con una calidez y preocupación, dignas de un gran ser humano. A todo esto, me pongo en contacto con Verónica nuevamente, para pedirle los información que necesitaba, transmitirle los contactos realizados y la tranquilidad de que se estaba haciendo de todo por ella y su familia. Una llamada que demoró en llegar, de mucha angustia y desespero, tanto de un lado como del otro, pero si algo debo rescatar es la admirable fortaleza de estos padres frente a sus pequeños. Arrancó una vorágine tremenda, de muchos nervios propios y de familia, el almuerzo se vio eclipsado por este hecho, ninguno de nosotros cuatro podía siquiera ponerse en los zapatos de una situación tan desesperante, recuerdo que mi padre continuamente decía: «no es changada che, uno no está preparado para algo así, no hay manera». Entre llamadas y mensajes, llegó la tarde. Verónica desde allá me relataba todo lo que sucedía, y yo desde aquí a Cancillería de la República. En determinado momento, surgió la necesidad de una voz fuerte y clara, que disipara la enorme niebla sobre las negociaciones. Fue ahí y sin la más mínima duda, que recurrí a mi líder y gran amigo, el Presidente Julio María Sanguinetti, lo llamé y me atendió, escuchó con atención mi explicación y confiando en sus pasos, dejé que hiciera lo que creyera necesario. «Mi amigo,  usted quédese tranquilo, esos tacuaremboenses van a volver», escuché. Hizo de lo necesario, y fue por mucho más... Vía télefonica se comunicó con el Cónsul General de Uruguay en México, Marcelo Gerona, y en pocas palabras, encaminó el tema para que todo fluyera de la mejor manera posible. Y sí, increíblemente, todo fluyó. Un círculo de personas trabajando intensamente para repatriar a ésta familia: ellos «los Palma» desde Cancún, Verónica Panario desde Cancillería en Montevideo, ni más ni menos que el exPresidente Julio María Sanguinetti vía telefónica, y yo desde mi escritorio en Tacuarembó. Sin contar los familiares, amigos, clientes y conocidos que supieron moverse desde su lugar, y colaborar con la justa causa. Llegó aquel esperado mensaje y de una buena vez por todas, era cuestión de ser pacientes, el Cónsul había tomado contacto con ésta familia, y con la agencia Copa Airlines. Se suponía que saldrían 2 vuelos, con escala en Panamá y destino final en Montevideo. Pero dada la situación sanitaria tan compleja, todo era «supuesto» y nada nos brindaba seguridad. Cuando todo parecía tan quieto, y las horas parecían no pasar, Verónica me escribe para contarme que le habían confirmado el vuelo con su familia para retornar a Uruguay, en horas de la mañana próxima. Recibo la noticia con inmensa alegría, Sanguinetti y Panario desde Montevideo, también. Todos espectantes y felices, pues se había convertido en un hecho. El domingo por la mañana, con una mezcla de grata emoción y cierto nerviosismo, «los Palma», como les digo yo, subían al avión para retornar a nuestro país, y a su Tacuarembó querido. A decir verdad, recién ahí me permití descansar realmente, porque pude decir orgullosamente: terminó y fue posible. Alegría es lo que siento hoy, luego de haber hecho lo que me indicaron mis valores sembrados por mi familia, por mi adorada Eia que me crió. De haber podido colaborar, con los contactos recabados durante hermosos años de militancia junto a M artha y Susana, quiénes me han brindado todas las oportunidades en política. En épocas de tanto egoísmo entre seres humanos, los uruguayos demostramos que trabajando unidos, dejando los intereses personales a un lado y brindando todo de nosotros mismos fue posible, «Los Palma» hoy están en su hogar. ¡El mejor viaje es el de regreso a casa, no hay dudas! Matías Guillama
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