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Un homenaje más al Dr. Barsabás Ríos

por avisador
octubre 16, 2020
in Otras noticias
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Un homenaje más al Dr. Barsabás Ríos
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MES DEL PATRIMONIO

En el marco de las actividades del Patrimonio que se desarrollan durante el mes de octubre a nivel nacional, el pasado miércoles14 se descubrió el busto
en homenaje y reconocimiento al Dr Barsabás Ríos, ubicado en la avenida Pablo Ríos y frente a la calle que lleva su nombre. En el acto fue orador el Director de Educación y Cultura de la Intendencia, Dr. Carlos Arezo, que comentó pasajes de la vida del médico y algunas anécdotas compartidas.

Diario El Avisador considera oportuno sumarse a este homenaje, reproduciendo una reseña realizada por el Dr. Emilio Laca para el libro Médicos Uruguayos Ejemplares, Tomo III. Montevideo, 2006, pp. 344-349:

BARSABÁS RÍOS (1900-1978)

«Barsabás Ríos, murió bruscamente y en silencio, como había hecho estilo de proceder en la vida, el 29 de mayo de 1978, porque se le paró el
corazón, al son del cual vivió 78 años. Nació en el 1900 Nacido el 11 de diciembre de 1900, creció inmerso en la atmósfera fermentante de su numerosa y prestigiada familia, en su pueblo, Tacuarembó. Cursó su carrera en la Facultad de Medicina de Montevideo y se hizo médico cirujano a los 26 años. Enseguida y como con premura, casi solo, se dispuso y se puso a operar en el Centro-Norte del país, pudiendo afirmarse, sin exageraciones ni lirismos, que mojonó
rápidamente y por vez primera los ámbitos de la cirugía moderna en el área de su influencia. Y decir que un hombre, con su quehacer diario y en
virtud exclusiva del mismo, crea un área geográfica de influencia propia y personal, aunque pareciera mucho, en este caso es apenas decir lo justo.

Es probable, casi seguro, que tuviera precursores, siempre los hay, pero provisto de una espiritualidad y robustez física de un vigor excepcionales, fue capaz, sin
quererlo y fatalmente, de erigirse en el pionero de la Cirugía del área señalada de nuestro país. Es decir, fue explorador y fundador, trazó caminos y
asentó bases en territorios y circunstancias quirúrgicas desconocidas para el lugar y el momento.

Para ser capaz de tal empresa, fue menester que, amamantada su disciplina en las mejores fuentes montevideanas, se largara de regreso a sus pagos, bien provisto de cabeza y manos, para operar por el resto de su vida, penetrado por una vocación esclavizante y un fino discernimiento autodidacta. Aprendió a
operar y enseñó a operar, todos los días, como cosa natural, con urgencia y voracidad, con amor disimulado y profundidad desconocida. Su caletre y
su cirugía, su convicción y su lirismo, le impulsaron a prestar servicio como cirujano de guerra en la confrontación del Chaco bajo bandera paraguaya, lo que reafirmó y grabó en forma indeleble el mote popular de «el paraguayo Ríos».

Miserias y virtudes tuvo, como buen hombre que fue, condición tal que nunca desdeñó, pero que se ocupó y preocupó en pulir, enmendando las primeras y desarrollando las últimas al máximo permisible de su capacidad y entorno. Consideró su tarea una artesanía, arte soterrada, valga su expresión, de la cual se regodeaba íntimamente, logrando en ella tal calidad de producción que muy justo le cabe el título de Maestro-Cirujano.

Fue docente sempiterno y sin título, que se pasó enseñando al andar, porque sí y por nada, y en silencio, ya que como artesano, Maestro-Cirujano que era, no necesitaba hablar. Mostraba lo que hacía, a quien lo quisiera ver, mientras hacía lo de todos los días, sin obligar a nadie y sin montar la escena, con la honestidad que sobrepasa los límites de lo habitual, mostrando a la par los aciertos brillantes de su manualidad creadora y los errores fatalmente inherentes a
quien crea. Fue su honestidad tal que, a veces, pensamos, rayaba en la impudicia, ya que actuaba al desnudo, sin esconder nada de su arte. Y no
era un ingenuo. Dejándonos ver sus errores, nos impidió cometerlos: teniendo la rara valentía, no la inconsciencia, de equivocarse en los rumbos inexplorados en busca del camino cierto, solitario, sin avergonzarse y sin disimulos, soportando en sus soberbias espaldas el fracaso y la culpa, con dignidad y sin doblegarse.
Enseñó el qué, el cómo y el cuándo de la cirugía, son sequedad y alguna palabra que rezongaba más que pronunciaba.

Sus merecimientos, que fueron muchos, le llevaron a desempeñar con naturalidad y sin esfuerzo los cargos de mayor significación con que cuenta la cirugía nacional: Presidencia del 19º Congreso Uruguayo de Cirugía, Jefatura de Servicio de Cirugía del Hospital de Tacuarembó del Ministerio de Salud Pública y otros.
En 1953 presentó al 4º Congreso Uruguayo de Cirugía su magnífico relato sobre equinococosis hepática que fue material de consulta obligado durante muchos años.

Al final de un trajinar quirúrgico de casi 50 años, los hombres a través de la ley, le obligaron a retirarse, por supuesto que contra su voluntad, que aún era desbordante y que lo hizo obstinado hasta la terquedad y trabajador infatigable.

Desde temprano vivió consciente de su propia muerte, como hecho natural y por lo tanto sin angustias que le trabaran, lo que le permitió esgrimir una auténtica actitud de mortal y comportarse como tal, sin las espúreas grandezas de los que no han logrado la patencia de la nada. En los últimos días que nos tocó, en muy modesta parte, ayudarlo a vivir, lo vimos recogido sobre sí mismo, física y espiritualmente; es decir, ensimismado, como si estuviera ayudado para ello por su sordera, su ojo único, la uremia y la diabetes, males que ignoró solemnemente. Y para concluir su ciclo, a semejanza de la imagen que se había
construido de sí mismo, nos dio, el último día, ejemplo de voluntad y fortaleza, concurriendo y discurriendo como el mejor en una reunión de camaradería.

Para terminar le hacemos decir a Sartre de Barsabás Ríos, lo que dijo de Camus: «…reconocemos en esta obra y en la vida que no es separable de ella, el intento puro y victorioso de un hombre que luchó por rescatar cada instante de su existencia al dominio de su muerte futura».

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Nació en el 1900 Nacido el 11 de diciembre de 1900, creció inmerso en la atmósfera fermentante de su numerosa y prestigiada familia, en su pueblo, Tacuarembó. Cursó su carrera en la Facultad de Medicina de Montevideo y se hizo médico cirujano a los 26 años. Enseguida y como con premura, casi solo, se dispuso y se puso a operar en el Centro-Norte del país, pudiendo afirmarse, sin exageraciones ni lirismos, que mojonó rápidamente y por vez primera los ámbitos de la cirugía moderna en el área de su influencia. Y decir que un hombre, con su quehacer diario y en virtud exclusiva del mismo, crea un área geográfica de influencia propia y personal, aunque pareciera mucho, en este caso es apenas decir lo justo. Es probable, casi seguro, que tuviera precursores, siempre los hay, pero provisto de una espiritualidad y robustez física de un vigor excepcionales, fue capaz, sin quererlo y fatalmente, de erigirse en el pionero de la Cirugía del área señalada de nuestro país. Es decir, fue explorador y fundador, trazó caminos y asentó bases en territorios y circunstancias quirúrgicas desconocidas para el lugar y el momento. Para ser capaz de tal empresa, fue menester que, amamantada su disciplina en las mejores fuentes montevideanas, se largara de regreso a sus pagos, bien provisto de cabeza y manos, para operar por el resto de su vida, penetrado por una vocación esclavizante y un fino discernimiento autodidacta. Aprendió a operar y enseñó a operar, todos los días, como cosa natural, con urgencia y voracidad, con amor disimulado y profundidad desconocida. Su caletre y su cirugía, su convicción y su lirismo, le impulsaron a prestar servicio como cirujano de guerra en la confrontación del Chaco bajo bandera paraguaya, lo que reafirmó y grabó en forma indeleble el mote popular de «el paraguayo Ríos». Miserias y virtudes tuvo, como buen hombre que fue, condición tal que nunca desdeñó, pero que se ocupó y preocupó en pulir, enmendando las primeras y desarrollando las últimas al máximo permisible de su capacidad y entorno. Consideró su tarea una artesanía, arte soterrada, valga su expresión, de la cual se regodeaba íntimamente, logrando en ella tal calidad de producción que muy justo le cabe el título de Maestro-Cirujano. Fue docente sempiterno y sin título, que se pasó enseñando al andar, porque sí y por nada, y en silencio, ya que como artesano, Maestro-Cirujano que era, no necesitaba hablar. Mostraba lo que hacía, a quien lo quisiera ver, mientras hacía lo de todos los días, sin obligar a nadie y sin montar la escena, con la honestidad que sobrepasa los límites de lo habitual, mostrando a la par los aciertos brillantes de su manualidad creadora y los errores fatalmente inherentes a quien crea. Fue su honestidad tal que, a veces, pensamos, rayaba en la impudicia, ya que actuaba al desnudo, sin esconder nada de su arte. Y no era un ingenuo. Dejándonos ver sus errores, nos impidió cometerlos: teniendo la rara valentía, no la inconsciencia, de equivocarse en los rumbos inexplorados en busca del camino cierto, solitario, sin avergonzarse y sin disimulos, soportando en sus soberbias espaldas el fracaso y la culpa, con dignidad y sin doblegarse. Enseñó el qué, el cómo y el cuándo de la cirugía, son sequedad y alguna palabra que rezongaba más que pronunciaba. Sus merecimientos, que fueron muchos, le llevaron a desempeñar con naturalidad y sin esfuerzo los cargos de mayor significación con que cuenta la cirugía nacional: Presidencia del 19º Congreso Uruguayo de Cirugía, Jefatura de Servicio de Cirugía del Hospital de Tacuarembó del Ministerio de Salud Pública y otros. En 1953 presentó al 4º Congreso Uruguayo de Cirugía su magnífico relato sobre equinococosis hepática que fue material de consulta obligado durante muchos años. Al final de un trajinar quirúrgico de casi 50 años, los hombres a través de la ley, le obligaron a retirarse, por supuesto que contra su voluntad, que aún era desbordante y que lo hizo obstinado hasta la terquedad y trabajador infatigable. Desde temprano vivió consciente de su propia muerte, como hecho natural y por lo tanto sin angustias que le trabaran, lo que le permitió esgrimir una auténtica actitud de mortal y comportarse como tal, sin las espúreas grandezas de los que no han logrado la patencia de la nada. En los últimos días que nos tocó, en muy modesta parte, ayudarlo a vivir, lo vimos recogido sobre sí mismo, física y espiritualmente; es decir, ensimismado, como si estuviera ayudado para ello por su sordera, su ojo único, la uremia y la diabetes, males que ignoró solemnemente. Y para concluir su ciclo, a semejanza de la imagen que se había construido de sí mismo, nos dio, el último día, ejemplo de voluntad y fortaleza, concurriendo y discurriendo como el mejor en una reunión de camaradería. Para terminar le hacemos decir a Sartre de Barsabás Ríos, lo que dijo de Camus: «...reconocemos en esta obra y en la vida que no es separable de ella, el intento puro y victorioso de un hombre que luchó por rescatar cada instante de su existencia al dominio de su muerte futura».
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