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¿Democracia…?

por avisador
octubre 14, 2020
in Correo del lector
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Tenemos un problema con la democracia

C reemos identificar inequívocamente aquello que define y distingue tal modelo de ordenamiento social y nos preciamos de reconocer y de valorar
las ventajas comparativas que ofrece con respecto a cualquier  otro sistema organizativo, para establecer y para preservar una convivencia pacífica y constructiva entre quienes lo adoptan.

Pero a fin de relacionarnos, de interactuar y de comprometer nuestros intereses recíprocamente creamos estructuras vinculantes -políticas, jurídicas, económicas y administrativas- no sólo incompatibles con este paradigma institucional sino que atentan directamente contra su eventual puesta en práctica.
El ideal democrático probablemente surgió a partir del concepto de fisonomía…; los atenienses del Siglo VI, antes de la Era Cristiana, tal vez llegaron a él como desarrollo intuitivo de la convicción a la que arribaron al comprender que si pretendían erradicar los conflictos para coexistir armoniosamente incentivando y optimizando su esfuerzo mancomunado en procura de un bienestar individual y colectivo deseable para todos, ninguno tendría que imponer sus pretensiones al resto…; que por tanto era imperioso no violentar los fueros privativos de nadie, aunque también sería imprescindible concederse unos a otros facultades para intervenir de manera oportuna, ponderada y eficaz en los asuntos que por ser de índole corporativa les deparaban equivalentes gratificaciones y contrariedades, los perjudicaban o favorecían por igual y generaban idénticas obligaciones y derechos para cualquiera de los involucrados en el devenir cívico de su comunidad.
Introdujeron así un estilo de relacionamiento interpersonal excelente, único, insuperable…: si cada sujeto quedaba facultado para resolver al margen de
intromisiones ajenas, lo que fuera de su exclusiva incumbencia y si además -concomitantemente- se le otorgaban potestades para gravitar con libertad y equidad en las decisiones que se tomaran sobre cuanto lo afectase, ¿qué tipo de asociación podría resultarle más atractiva y conveniente a cual-quier ser
humano…?¿qué grado superior de autonomía e independencia podría reclamar quien aspirase a vivir en el seno de una comunidad organizada…?; ¿qué trato más ecuánime podría exigir alguien criteriosamente…? Por añadidura, ningún requisito adicional sería forzoso cumplir, a efectos de lograr ese acuerdo perfecto: bastaba -en suma- respetar las atribuciones ajenas y actuar según el sentir general en lo concerniente a todos… Asombrosamente -sin embargo- pese a declarar en forma explícita y con entusiasmo que suscribimos estas dos elementales normas básicas, razonables e incontrovertibles, obramos en
todas las regiones del planeta de manera radicalmente distinta: celebramos a menudo comicios con voto universal para zanjar asuntos que sólo atañen o importan a cierta parte de la ciudadanía y con frecuencia vulneramos el ámbito particular, privado e íntimo de incontables personas a través de mandatos emergentes de las urnas…; y para colmo, en lugar de guiarnos por la voluntad conjunta nos regimos por las preferencias de algunos…, por el deseo preponderante…, por lo que disponen las mayorías…; en consecuencia, las medidas que adoptamos violentan de modo inapelable las aspiraciones de sectores que pudieran llegar a tener tantos integrantes, como la mitad menos uno del total de los implicados en el tópico a dirimir, los cuales inexorablemente quedan frustrados, indignados, molestos, resentidos… Con ello en cada consulta popular -en cada plebiscito, en cada referéndum, en cada elección de autoridades públicas- originamos, agudizamos, expandimos y perpetuamos desavenencias y antagonismos…; provocamos animosidades…, acicateamos discordias…, intensificamos enojos…, ahondamos rencores…, propiciamos una hostilidad eviterna… Y todo esto creyendo insensatamente que al preceptuar como de obligado cumplimiento aquello que disponga la cantidad más alta de nosotros actuamos con sabiduría, con justicia y con lealtad, en aras de la concordia
y de la prosperidad ecuménica… Un proceder absurdo, irracional, disparatado… Los demócratas de la venerable Atenas, garantizaban a cualquier ciudadano el derecho de manifestar en el ágora, su opinión acerca de cualquier tema y de controvertir e impugnar las posturas coincidentes o discrepantes con las mociones
ahí presentadas…; esto evidencia que su propósito no era limitarse a contabilizar cuántos estaban a favor y cuántos en contra de lo planteado, sino intercambiar ideas, propuestas y sugerencias apuntando a disipar con argumentos, concesiones y tolerancia la oposición o la renuencia de los desconformes para llegar a un consenso global en lo atinente a todos.

Ésa debió ser -obviamente- su intención: hallar fórmulas adecuadas para satisfacer las reivindicaciones de cada uno, por la vía de compensar a los no
agraciados, cuando resultara imposible complacer a todos con una sola e idéntica medida.

Por ello seguramente cultivaron el debate y se volvieron expertos en oratoria, lógica, dialéctica y retórica…; destrezas útiles y hasta indispensables para negociar con interlocutores habilidosos y díscolos, pero que habrían sido innecesarias y aún contraproducentes de haber consistido su objetivo en que los más impusieran sus designios a los menos.

Adicionalmente, creer que su aporte a la civilización pudo haber sido legitimar un burdo mecanismo incruento de avasallamiento, abuso y opresión, es disparatado y ofende la memoria de tan ilustres pensadores: doblegarse ante las pretensiones de un grupo adversario más numeroso es una conducta instintiva
de aplacamiento y de sumisión, practicada maquinalmente incluso por los animales más primitivos. Pero ni siquiera hoy -dos mil seiscientos años después de su
prodigioso alumbramiento intelectual – nadie – a lo largo y a lo ancho del mundo – parece haber comprendido en su verdadera esencia tan genial doctrina.

Y esta incapacidad nos arrastra vertiginosamente hacia un trágico destino de confusión, caos y conflictividad autodestructiva…

Por «Fundación Homini Veritas» Sergio Hebert Canero Dávila C.I.: 1.066.601-8 (*) publicada originalmente en UyPress

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El ideal democrático probablemente surgió a partir del concepto de fisonomía…; los atenienses del Siglo VI, antes de la Era Cristiana, tal vez llegaron a él como desarrollo intuitivo de la convicción a la que arribaron al comprender que si pretendían erradicar los conflictos para coexistir armoniosamente incentivando y optimizando su esfuerzo mancomunado en procura de un bienestar individual y colectivo deseable para todos, ninguno tendría que imponer sus pretensiones al resto...; que por tanto era imperioso no violentar los fueros privativos de nadie, aunque también sería imprescindible concederse unos a otros facultades para intervenir de manera oportuna, ponderada y eficaz en los asuntos que por ser de índole corporativa les deparaban equivalentes gratificaciones y contrariedades, los perjudicaban o favorecían por igual y generaban idénticas obligaciones y derechos para cualquiera de los involucrados en el devenir cívico de su comunidad. Introdujeron así un estilo de relacionamiento interpersonal excelente, único, insuperable...: si cada sujeto quedaba facultado para resolver al margen de intromisiones ajenas, lo que fuera de su exclusiva incumbencia y si además -concomitantemente- se le otorgaban potestades para gravitar con libertad y equidad en las decisiones que se tomaran sobre cuanto lo afectase, ¿qué tipo de asociación podría resultarle más atractiva y conveniente a cual-quier ser humano...?¿qué grado superior de autonomía e independencia podría reclamar quien aspirase a vivir en el seno de una comunidad organizada...?; ¿qué trato más ecuánime podría exigir alguien criteriosamente...? Por añadidura, ningún requisito adicional sería forzoso cumplir, a efectos de lograr ese acuerdo perfecto: bastaba -en suma- respetar las atribuciones ajenas y actuar según el sentir general en lo concerniente a todos... Asombrosamente -sin embargo- pese a declarar en forma explícita y con entusiasmo que suscribimos estas dos elementales normas básicas, razonables e incontrovertibles, obramos en todas las regiones del planeta de manera radicalmente distinta: celebramos a menudo comicios con voto universal para zanjar asuntos que sólo atañen o importan a cierta parte de la ciudadanía y con frecuencia vulneramos el ámbito particular, privado e íntimo de incontables personas a través de mandatos emergentes de las urnas...; y para colmo, en lugar de guiarnos por la voluntad conjunta nos regimos por las preferencias de algunos..., por el deseo preponderante..., por lo que disponen las mayorías...; en consecuencia, las medidas que adoptamos violentan de modo inapelable las aspiraciones de sectores que pudieran llegar a tener tantos integrantes, como la mitad menos uno del total de los implicados en el tópico a dirimir, los cuales inexorablemente quedan frustrados, indignados, molestos, resentidos... Con ello en cada consulta popular -en cada plebiscito, en cada referéndum, en cada elección de autoridades públicas- originamos, agudizamos, expandimos y perpetuamos desavenencias y antagonismos...; provocamos animosidades..., acicateamos discordias..., intensificamos enojos..., ahondamos rencores..., propiciamos una hostilidad eviterna... Y todo esto creyendo insensatamente que al preceptuar como de obligado cumplimiento aquello que disponga la cantidad más alta de nosotros actuamos con sabiduría, con justicia y con lealtad, en aras de la concordia y de la prosperidad ecuménica... Un proceder absurdo, irracional, disparatado... Los demócratas de la venerable Atenas, garantizaban a cualquier ciudadano el derecho de manifestar en el ágora, su opinión acerca de cualquier tema y de controvertir e impugnar las posturas coincidentes o discrepantes con las mociones ahí presentadas...; esto evidencia que su propósito no era limitarse a contabilizar cuántos estaban a favor y cuántos en contra de lo planteado, sino intercambiar ideas, propuestas y sugerencias apuntando a disipar con argumentos, concesiones y tolerancia la oposición o la renuencia de los desconformes para llegar a un consenso global en lo atinente a todos. Ésa debió ser -obviamente- su intención: hallar fórmulas adecuadas para satisfacer las reivindicaciones de cada uno, por la vía de compensar a los no agraciados, cuando resultara imposible complacer a todos con una sola e idéntica medida. Por ello seguramente cultivaron el debate y se volvieron expertos en oratoria, lógica, dialéctica y retórica...; destrezas útiles y hasta indispensables para negociar con interlocutores habilidosos y díscolos, pero que habrían sido innecesarias y aún contraproducentes de haber consistido su objetivo en que los más impusieran sus designios a los menos. Adicionalmente, creer que su aporte a la civilización pudo haber sido legitimar un burdo mecanismo incruento de avasallamiento, abuso y opresión, es disparatado y ofende la memoria de tan ilustres pensadores: doblegarse ante las pretensiones de un grupo adversario más numeroso es una conducta instintiva de aplacamiento y de sumisión, practicada maquinalmente incluso por los animales más primitivos. Pero ni siquiera hoy -dos mil seiscientos años después de su prodigioso alumbramiento intelectual - nadie - a lo largo y a lo ancho del mundo - parece haber comprendido en su verdadera esencia tan genial doctrina. Y esta incapacidad nos arrastra vertiginosamente hacia un trágico destino de confusión, caos y conflictividad autodestructiva... Por «Fundación Homini Veritas» Sergio Hebert Canero Dávila C.I.: 1.066.601-8 (*) publicada originalmente en UyPress
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