Por Julio María Sanguinetti.
El Senador Mujica, hace algunos días agravió gratuitamente a los partidos tradicionales, diciendo que albergaban hoy a los golpistas. Consideré del caso contestarle, señalándole que no era cierto y que si hablábamos de golpistas lo incuestionable era la adhesión del Frente Amplio y la CNT, no a la insurrección militar de febrero de 1973.
Recibí entonces otra andanada de improperios del PIT CNT y del propio senador Mujica, que vive declarándose víctima de ataques desleales, mientras él insulta a destajo, aun a los que, como yo, discrepamos con el respeto que nos es habitual.
Por cierto, no entraré en competencia de agravios, reveladores de la falta de razones. Veamos los hechos:
1) Cuando las FF.AA. irrumpen en el escenario político, el 8 de febrero de 1973, rebelándose contra el gobierno y no aceptando subordinarse a un ministro, las autoridades del Partido Nacional y Colorado, declaran su rechazo categórico. A la inversa, todos los partidos integrantes del Frente Amplio asumen la tesis de que la cuestión no es entre el golpe de Estado y la Constitución sino entre el pueblo y la oligarquía.
Desde hacía meses venían en esa línea, incitando a los militares al desborde. A partir de ese “febrero amargo”, instalan la idea de formar un gobierno “donde caben indudablemente todos los militares patriotas que estén con la causa del pueblo” (Diario comunista El Popular, 11 de febrero de 1973).
2) La base del proyecto eran los Comunicados 4 y 7, la proclama golpista, y su fuente de inspiración, el gobierno del general Juan Velasco Alvarado, una dictadura de tipo nacionalista y socializante, que gobernaba el Perú desde 1968. Aunque resulte hoy paradójico, se suponía que el líder de esa fracción militar era el general Gregorio Álvarez, en el cual depositaban su esperanza los líderes de la izquierda.
3) Todos los integrantes del Frente Amplio se abalanzan a sostener la misma tesis. El mismo día en que, solitariamente, Carlos Quijano en Marcha reivindica el valor de la Constitución, el Comité Central del Partido Comunista proclama que los rechazos al marxismo de los comunicados “no invalidan en lo más mínimo la apreciación positiva de esos documentos programáticos y, más generalmente, de la postura que adoptan las Fuerzas Armadas” (Marcha, 16 de febrero de 1973).
El Senador comunista César Reyes Daglio proclama: “más que nunca, obreros, estudiantes y militares”. El senador demócrata cristiano Juan Pablo Terra dice que “los comunicados 4 y 7 han abierto una esperanza”. Podríamos reseñar decenas de discursos, artículos y pronunciamientos de dirigentes frenteamplistas, todos en la misma dirección.
4) En cuanto a la CNT, su reacción inicial fue contemplativa. Estaban en la calle, los tanques y sus dirigentes estaban reunidos con los mandos golpistas, negociando. Su proclama del 9 de febrero asume un apoyo crítico sobre la base de que la cuestión no es institucionalidad o golpe. Ante la condena durísima que le formula la prensa tradicional, la CNT hace una conferencia aclaratoria, pero siguen adelante tratando de sumarse al nuevo esquema de poder. Llegan a convocar a un acto bajo esta consigna:”La única alternativa: oligarquía por un lado y civiles y militares por otro: gran mitin el jueves 22” (“Ahora”, 17 de febrero de 1973).
5) El hecho es que, poco después, la línea militar “peruanista” será rebasada por una facción contraria, la que impuso un riguroso antimarxismo y los bajaron a todos -políticos y sindicalistas- de su “apoyo crítico”. A partir de allí les persiguieron y les maltrataron -eso es verdad- pero ocurrió meses después. En junio, cuando culminó el golpe, la CNT realizó una huelga general, desgraciadamente fracasada en pocos días. Allí estaban ya en la oposición, pero no por su voluntad.
Todos estos son hechos y nada más que hechos. Hay cientos de documentos probatorios. Ocurre es que esta es una verdad incómoda: la dictadura les parecía bien si les incluía, proscribiendo o arrinconando a los partidos tradicionales.