Había una vez un hombre que tenía arrendada una estancia donde la mayor parte del campo quedaba inundado cuando crecían dos
arroyos, en el departamento de Tacuarembó. El hecho es que el área que tenía disponible era tan inundable, que para llegar a la
estancia había que recorrer a caballo 7 Km., buscando las partes altas, pasando por dos bañados con pajonales tan altos, que dos jinetes que se cruzaban a
cierta distancia no veían los caballos del otro y varias cañadas que debían de cruzar levantando las piernas y mojando los pelegos. Ni hablemos de las porteras, que, si bien estaban en lugares altos, había que bajarse de los matungos para pasar. Menos mal que eran solo 10.
El establecimiento era -y sigue siendo- una verdadera estancia cimarrona, donde a veces llegaban algunos gauchos a caballo, casi siempre troperos conocidos, pidiendo llegar a las casas para pasar la noche en el galpón hasta el otro día, donde se les ofrecía carne para asar en una estufa, y un catre para dormir.
Ninguno se iba sin algo de carne en las maletas y agua en la cantimplora para seguir el viaje.
Muchas cosas ocurrieron allí, algunas graciosas y otras no tanto; desde tener que sacar en un carro a un gaucho que se había
quebrado una pierna jineteando un potro, al final de una yerra, hasta tener que salir a caballo con un policía, para buscar el cuerpo de un gaucho que se colgó de un árbol, porque su «china» lo abandonó.
Me vino a la memoria este hecho cuando publicamos la poesía «La Nazarena», de Yamandú Rodríguez, en una reciente edición.
Una mañana lo llama un puestero que cuidaba un campo cercano a la estancia. Le dijo al patrón que le habían robado una hija de madrugada, y él sospechaba donde estaba, porque conocía al novio. Quería pedirle al patrón que fuera con él a buscarla al rancho del gaucho que se la había «robado», que seguramente llegó durante la noche y había salido con ella en «grupa», porque no podía haber entrado hasta ese lugar en vehículo ningunoNo tuvo más remedio que llevarlo, aunque le dijo que, seguramente, se había escapado con el novio y no estaría muy mal.
El puestero le respondió que, por él, dejaría todo quieto. Su hija no quería ir a vivir en ese campo tan lejano de donde vivía su novio, pero su mujer se sentía muy mal por esa forma de irse.
La cosa es que salieron en la camioneta y fueron a la estancia del novio, que después de todo era un buen muchacho conocido, muy rural, pero de buena familia. Los enamorados, en cuanto vieron venir la camioneta, se escaparon a un monte y se escondieron entre los arbustos y la maleza.
Al llegar, la madre del joven les dijo que ella estaba bien, que la trataba como a una hija, pero la madre de la joven, no entendía razones, ella quería llevarse
a su hija.
A partir de ahí, se gritaban entre el padre y la hija, desde el monte a las casas, barranco por medio.
«Venga m’hija, que su madre quiere hablar con usted para ver qué te pasa y si estás bien», le gritaba el padre, desde un lado
del barranco.
Y del otro lado los gritos de la muchacha desde dentro del monte: «Papá, váyanse que no vamos a salir de aquí hasta que ustedes no se vayan».
El patrón se recostó en la camioneta, y se quedó callado, cabeza baja, mientras ellos se gritaban, barranca por medio.
«Vení m’hija que tu madre te llama, quiero verte como estás», decía la madre.
«No mamá, váyanse, que no salimos de aquí hasta que no se vayan. Yo estoy bien, quedate tranquila»
Luego de un rato de este diálogo dramático, el patrón perdió la paciencia y llamó al padre y le preguntó por lo bajo: « ¿Tu, estás con un revolver»?
«Si, tengo», le dijo, «pero es mi mujer que está como loca».
«Si vas a ir a buscarla yo no te acompaño, pero dame el revolver porque esto puede terminar mal. Ella es mayor de edad y se fue porque quiso», le dijo.
De pronto la madre caminó unos pasos bajando al barranco, quería ir a buscar a su hija, pero al primer paso que dio, la otra vieja le gritó con una voz finita:
«Cuidado con las cruceras…» Cuando sintió esto la madre, olvidando la hija volvió para atrás dando saltitos y sacudiendo la pollera. El patrón ya estaba harto de
soportar para no reírse. Al fin no aguantó más y les dijo: «Déjense de joder y vámonos todos, antes que esta comedia se convierta en tragedia».
Y bueno, tuvieron que irse, aunque la madre y la hija. lloraran como en un velorio. Poco después los enamorados se casaron, tuvieron varios hijos
y todos fueron felices. Y colorín colorado, el cuento se ha acabado





