Los moradores de este mundo requieren activar la cultura de cercanía, máxime en un momento de tanta penuria y dolor, teniendo que tragarse las lágrimas en soledad y en silencio, porque el desconsuelo es grande y los gestos de amor son más bien escasos.
Nos falta esa proximidad de corazones, ese encuentro de pulsos que es lo que realmente nos imprime fortaleza, o la misma ternura de una caricia que nos deja una huella imborrable, hasta ponernos en camino de la esperanza.
La ilusión por vivir no la podemos perder. Es cierto que la pandemia nos ha marcado profundamente, nos ha hecho reflexionar, acaso madurar sobre nuestra debilidad, recapacitar sobre el presente y el futuro de nuestro linaje; pero también nos ha llenado de energía positiva para volver a renacer y poder construir un nuevo horizonte, lo que demanda del compromiso y la dedicación de todos.
Se me ocurre pensar en esos aires optimistas, en las tres vacunas candidatas que están por comenzar la fase final de pruebas en humanos en Estados Unidos, Reino Unido y China. Quizás ahora el mayor reto sea, según la agencia de salud de la ONU, que los países se unan para garantizar que las inmunizaciones lleguen a los más vulnerables en todo el mundo primero, y que no se conviertan en un negocio donde solo aquellos pueblos que puedan pagarlas tengan acceso.
Esto suele pasar por tener un corazón enfermo, que apenas siente ni sufre por nada. Urge, por tanto, despojarnos de esa piedra que permanece muda y apenas se conmueve. Forma parte de este espíritu mundano, que deshumaniza y nos derrumba como especie.
Ojalá aprendamos a pasar de las tinieblas a la luz, de la noche a la mañana, de la angustia al ensueño de quererse.
Reconozcamos que no es fácil irse de este espíritu soberbio, endiosado, que adoctrina en esa línea tenebrosa, pero con empeño todo se consigue, también expatriarse de la amargura con la que se nos encadena, lo importante es tener confianza en uno mismo y mantener el tipo hacia la luz del sol.
Fruto de esa arrogancia y altanería, el Consejo de Derechos humanos acaba de condenar el racismo sistemático. En un mundo globalizado como el presente, las prácticas racistas mediante el uso excesivo de la fuerza, nos dejan sin palabras. No podemos continuar degradando nuestros valores fundamentales, a través de contiendas y actos de brutalidad gratuita.
Hemos de ser ecuánimes, a partir de un óptimo ambiente al optimismo, tal vez esto sea el primer paso para la solución de los problemas.
También nos lo advierte el refranero: «No hay mal que por bien no venga».
Dicho lo cual, y teniendo en cuenta que todo está conectado y propicio para lo armónico, nos conviene como sujetos pensantes, mejores prácticas humanas.
Marginar a un similar es condenarse a sí mismo. «La eliminación de la pobreza no es un gesto de caridad. Es un acto de justicia. Es la protección de un derecho humano esencial, el derecho a la dignidad y a una vida decente», afirmó en multitud de ocasiones Nelson Mandela, uno de los abanderados de la lucha
del género humano por la libertad, la igualdad y las garantías fundamentales en general.
Cuánta verdad y cuánta razón hay en ello. Por eso, es primordial propiciar la proximidad, no de manera ideológica, superficial o reduccionista, sino mediante el diálogo sincero y la universalidad de pensamientos. Hay que salir de uno mismo al encuentro de la gente, nunca tan necesitada de afecto, de ahí lo substancial que es despojarse de todo aquello que nos aleje de nuestro semejante.
Lo significativo es no decaerse y estar siempre dispuesto a unir latidos, y de este modo, sintiéndonos acompañados, por mucho que la pandemia del coronavirus se acelere y rompa el récord de casos anteriores, nos sentiremos animosos, de que en cualquier parte del mundo, alguien nos pueda tender su mano en auxilio.
En una sociedad sustentada por el materialismo, no es fácil caminar bajo la brújula de principios y valores tan básicos como la honradez, responsabilidad y optimismo.
Pero lo nefasto es permanecer pasivo a esos lenguajes que nos están dejando sin sensibilidad.
De ahí, lo valioso que es cambiar de rumbo las realidades de este inhumano círculo social.
No tengamos miedo a hacerlo; que resplandezca la certeza, aunque nos duela lo que no está en los escritos. Con la reinante falsedad terrestre, el tormento de la mentira o la verdad mal comprendida, iremos muy lejos, pero sin expectativas de regreso.
Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor




